viernes, 17 de abril de 2009

SOBRE LA DIFERENCIA SEXUAL Y EL CONCEPTO DE GÉNERO


En la década de los setenta el feminismo académico de origen anglosajón fue uno de los principales impulsores del termino genero (gender) con la pretensión de establecer una diferencia entre la biología, y las construcciones sociales y culturales (Lamas, 1986: 173-198)[1].


De este como, con el término sexo, se hace referencia a la base biológica de las diferencias entre hombres y mujeres; es decir, diferencias hormonales, genitales y fenotípicas.
Por otra parte, el concepto de género, se emplea “para referirse a la construcción sociocultural de los comportamientos, actitudes y sentimientos de hombres y mujeres”[2].

La determinación biológica del sexo.

La biología como ciencia ha desarrollado un conjunto de categorías y conceptos con propósito de explicar en detalle cómo el sistema fisiológico, los circuitos neurológicos, el mapa genético y la anatomía humana definen no sólo la diferenciación sexual sino también la identidad de género.
Disponiendo de un amplio marco teórico con una acuciosa práctica en el laboratorio, un número significativo de investigadores y especialistas en el tema de la diferencia sexual se han propuesto describir las bases biológicas las cuales, subyacerían a procesos involucrados en la definición del carácter y las motivaciones de hombres y mujeres[3].
Según la biología contemporánea, la diferencia sexual, en la especie humana viene determinada por la diferencia en el par de cromosomas veintitrés, identificado como XX en las mujeres y XY en los varones. Como cada gameto tiene sólo la mitad de la dotación genética, los espermatozoides de un varón difieren entre sí al cincuenta por ciento en el contenido genético del cromosoma veintitrés.
Cuando el óvulo femenino es fecundado por un espermatozoide con la dotación X el zigoto desarrolla caracteres femeninos; si la dotación es del tipo Y, el zigoto desarrolla caracteres masculinos[4].
Así, en el discurso científico biológico, se atribuye a las diferencias hormonales de varones y mujeres las diferencias de su comportamiento: "lo que nos da un cerebro macho o hembra (...) no es cuestión de genes, sino de las hormonas a las que nuestros cerebros en estado embrionario han estado expuestos en el vientre materno"[5]

Psicología evolutiva y género.

La psicología evolutiva también se ha interesado por describir las estructuras cognitivas o mentales que definen la identidad de género. Las investigaciones llevadas a cabo en esta disciplina sugieren la existencia de estructuras mentales de origen antiquísimo que subyacen a los diferentes estilos cognitivos y de conducta entre hombres y mujeres.
Neurólogos suelen estar de acuerdo acerca de la superioridad femenina en las tareas verbales y la superioridad masculina en las tareas visuoespaciales, siendo estas diferencias evidentes desde la infancia aunque se acentúan a partir de la pubertad (Narbona, 1989)[6]. Por otra parte, se señala, que los hombres tienen un mejor desempeño en las matemáticas y una pobre ejecución en habilidad verbal. (Hyde, 1996). [7]
Actualmente, se está desarrollando una serie de líneas de investigación que basadas en las anteriores sugieren que las diferencias en los modelos cognitivos entre uno y otro sexo surgieron porque resultaron ser ventajosas desde el punto de vista evolutivo, y su significado evolutivo reside probablemente en un pasado muy lejano (Gil-Verona, 2002)[8].
A lo largo de los millones de años que duró la evolución de las características de nuestro cerebro, el hombre vivía en grupos de cazadores-recolectores. En una sociedad así, la división del trabajo entre los sexos debería ser tajante, la caza y ciertas técnicas agrícolas, en particular arar, se atribuyeron a los hombres debido a su mayor fortaleza y tamaño. Tal especialización habría impuesto diferentes presiones de selección entre hombres y mujeres; aquéllos necesitarían encontrar caminos a través de largas distancias y habilidad para acertar a un blanco, las mujeres precisarían orientarse sólo en cortos recorridos, capacidad motriz fina y discriminación perceptiva a cambios en el ambiente (Fisher, 1999) [9]

Los procesos de socialización

La adscripción a un género, la percepción y el aprendizaje de comportamientos propios de un niño y de una niña, es uno de los aspectos de los procesos de socialización infantil. Y parece ser el aspecto central e inicial, en términos temporales, para la adquisición de una identidad en la mayoría de las sociedades humanas conocidas.
“El género consiste en la interpretación cultural del sexo, es decir, el conjunto de expectativas sociales depositadas sobre los roles a desempeñar por hombres y mujeres: lo que se espera de ambos” (Murillo. 2000)[10].
La identidad sexual del niño, dice Bourdieu, es el “elemento capital de su identidad social”, se construye al mismo tiempo que la representación de la división sexual del trabajo y, de acuerdo con las investigaciones psicológicas, queda tajantemente establecida alrededor de los cinco años de edad (Bourdieu 1991:133)[11].
Para Lamas esta adquisición es aún más precoz. Basada sobre investigaciones de psicología médica, esta autora afirma que la identidad de género se instala entre los dos y tres años de edad, al mismo tiempo que el lenguaje y “es anterior a un conocimiento de la diferencia anatómica entre los sexos” (Lamas.1986:188).
En efecto, uno de los principales aprendizajes del niño y la niña en su relación con los mayores, es su ubicación en las dos grandes particiones aceptadas en su sociedad: lo femenino y lo masculino. Esta distinción y adscripción es sostenida y representada mediante símbolos, el lenguaje, actos, prácticas, actitudes y tipos de personalidad.
Se ha demostrado que lo femenino se diseña en función de ciertos discursos socialmente compartidos los cuales engloban cierta clase de conceptos tales como afectividad, intuición, pasividad, improductividad, subjetividad, como por caso las lágrimas, la procreación, la plática, los amoríos, la melancolía, la alegría, la ambición, la libertad de conciencia de explotar obreros o dicho de otro modo, el sentimiento de culpa por ser tan eficiente y objetivo a la hora de hacer que la fábrica produzca (Fernández, 1994:23) [12].
En otras palabras, las relaciones de género se desarrollan alrededor de la división femenino/ masculino. Esta dicotomía es un mecanismo cultural que organiza y da sentido a las prácticas sociales que constituyen la identidad de género.
Mientras que la biología ve en la dualidad hombre- mujer una manifestación de las leyes de la naturaleza, otros investigadores consideran que esa dicotomía es parte de un universo ideológico que incluye una red más amplia de oposiciones: razón-emoción, mente-materia, cultura-naturaleza, arriba-abajo, público-privado.
Lara, señala que los hombres son más propensos a representarse invariablemente con cierta clase de caracteres asociados a lo público: pragmáticos, asertivos, racionales, orientados hacia metas, con mayor seguridad en sí mismos, etcétera.
En el mismo articulo, las mujeres, en oposición, tienden a describirse como femeninas, es decir, sensibles a las necesidades de los demás, tiernas, dulces, atributos que se consideran como parte de lo privado (Lara. 1995)[13].
En el mismo sentido, Daniel Cazés alude que la masculinidad se organiza a partir de la capacidad de mandar, organizar el mundo público empleando la fuerza y la inteligencia. (Cazes. 1996) [14]
Nuevamente, la feminidad se imagina como el polo contrario de la masculinidad: lo femenino es la intuición, los afectos, la pasividad.
Como bien R. Connell ha mencionado, la teoría del rol termina proponiendo que lo masculino y lo femenino es una especie de tipología similar a la tipología personalidad A y personalidad B: una lista interminable de rasgos o atributos que forman parte de la personalidad de los actores que han sido socializados en ciertas estructuras asociados con lo masculino y femenino (Connell.1995)[15].



Los riesgos del determinismo social.

En la teoría del ‘rol’ el actor queda eclipsado cuando se subraya la enorme importancia de la estructura social.
Con el objetivo de dejar espacio para la idea de actor es relevante abandonar el plano dualista exterior-interior en el que se mueve la teoría del ‘rol’ y asumir que la construcción del mundo (incluidos, obviamente, hombres y mujeres) es el resultado de procesos relacionales, de la interacción entre personas, y entre las personas y el mundo material (Gergen, K. 2001) [16].
No es extraño entonces que abunden en la literatura sobre el tema de socialización e ‘interiorización’ de reglas y valores conceptos tales como papel (rol) de género que denota formas coherentes y durables de conducta o acción impuestas socialmente.
El mayor riesgo de semejante postura teórica consiste en sustituir el determinismo biológico y psicológico por un “determinismo social”.
Bajo esta perspectiva teórica se define a los individuos como simples recipientes que están en disposición de acoger las influencias sociales y culturales que propician los agentes socializadores tales como la escuela, la familia, la religión o los medios de comunicación..
El péndulo, se ha desplaza así, al otro extremo. El enfoque biológico-cognitivo desaparece del discurso teórico de las instituciones y la cultura al momento de fijar su atención sobre el individuo.

Relaciones sociales y practicas culturales

Cuando se aborda el tema de esa relación entre fisiología, cognición e identidad de género, simplemente se toma como evidente la determinación que ejerce ya la biología, ya la mente sobre la acción social, sin brindar una explicación teórica al respecto (Edley y Wetherell, 1995)[17].
En el contexto que produjo el movimiento feminista se ha venido consolidando un enfoque relacional, una visión sociológica cuyo argumento central plantea que la realidad se introduce a las prácticas humanas por medio de la categorización y la descripción que forman parte de esas mismas prácticas (Potter, 1996)[18].
Este modelo relacional pone en el centro la idea de que la identidad de género es el resultado de prácticas culturales, de formas de actuar que la gente despliega en contextos o en escenarios sociales.
Así, la identidad y las relaciones de género no se consideran como la expresión de entidades ‘profundas’ o subyacentes, un epifenómeno de la fisiología humana o de procesos psicológicos. Se considera ante todo un logro social y cultural.
De este modo, así como Kenneth Gergen explica que las emociones deben entenderse como una forma de actuar o de relacionarse y hablar (Gergen. 1996)[19], se puede plantea “el género es una especie de filtro cultural con el que interpretamos el mundo, y también una especie de armadura con la que constreñimos nuestra vida” (Lamas, 2000)[20].
El género... no reside en la persona pero existe en aquellas interacciones que son construidas como parte del género. Desde esta perspectiva, la capacidad de vincularse con los otros o la moralidad es una cualidad de las interacciones no de las personas, y esas cualidades no están esencialmente conectadas con el sexo (Bohan, 1994:33)[21].
Este punto de vista coloca un mayor énfasis y radicalizar la idea de que la identidad de género es un producto de la actividad humana, que es un efecto, por demás, frágil e inestable, de relaciones sociales las cuales son coordinadas mediante ciertos mecanismos culturales, entre ellos el lenguaje.
Es posible indagar las relaciones de género en las maneras en como se organizan, por ejemplo, la división del trabajo, el parentesco, las relaciones erótico-sexuales, etcétera. En este sentido, las relaciones de género se producen y reproducen en otros espacios institucionales y al hacerlo influyen en la dinámica de esos espacios.
Así, en la medida en que se suprime la idea, de la identidad de género se define características inherentes a la personalidad de los individuos, por estructuras biológicas; o por un conjunto de reglas que se imponen socialmente.
Se hace posible plantear que la identidad de género se va edificando justo durante el proceso acción, mientras se desarrollan las prácticas sociales, que a su vez, y mediante las cuales se procede a categorizar a las personas ya como hombres o ya como mujeres.
En términos breves, desde esta posición teórica, el género se concibe como una forma de actuar, de relacionarse unos con otros al tiempo que se utilizan ciertos recursos culturales que están disponibles en el seno del grupo social.
En la medida que no se halla establecido por estructura o esencia alguna, el género puede concebirse como una acción en sí misma, y no como una acción a la que subyace ‘algo más’.
Como enuncia Nigel Edley en referencia con la masculinidad: En donde el análisis de la psicología tradicional ha visto hombres reparando sus automóviles y sus repetidas conversaciones sobre fútbol y cerveza como huellas, y empezaron a indagar sobre el animal que las produjo, la psicología discursiva insiste que esas palabras y acciones son la bestia en sí misma (Edley 2001)[22].
La masculinidad se considera como una consecuencia antes que la causa de esas actividades.
Por ejemplo, Bohan (1997: 39) citando diferentes estudios asevera que se ha demostrado que algunas mujeres se comportan de forma más tradicional cuando ellas interactúan con un hombre cuyas actitudes hacia las relaciones de género son conservadoras que cuando ellas se relacionan con hombres con posturas más liberales (Boham 1997)[23].
Desde esta perspectiva, se plantea analizar y describir las relaciones de género reuniendo la atención en los recursos culturales (por ejemplo, los mecanismos discursivos que se emplean) y procesos relacionales que se colocan en marcha en contextos sociales más o menos definidos.
Y en términos de metodología, una substancial secuela es que el sujeto es removido como el centro del análisis, ocupando su lugar, como una nueva unidad de análisis, la acción social y los recursos culturales, las que se utilizan durante el desarrollo para categorizar y dar sentido justamente a esas prácticas sociales.
Como señala M. Wetherell “La unidad de análisis no es la persona pero sí el repertorio lingüístico o el sistema de categorización y sus implicaciones ideológicas”. Como se ha detallado aquí, ahora la identidad de género se refiere a un conjunto trascendente de relaciones o intercambios de carácter social, a la producción y reproducción de significados que proporcionan sentido a las acciones desplegadas en determinados escenarios y a la organización de la experiencia y el sentido de sí de los actores implicados (Wetherell. 1997: 164)[24]
Y en la medida que esta compuesta de múltiples y a veces contradictorios mecanismos discursivos que regulan un conjunto de acciones o relaciones sociales, y con los cuales se da forma ‘a la realidad’ y se establecen evaluaciones de carácter moral, la identidad de género depende íntegramente de la situación, de la manera en cómo se negocie, del lugar que los individuos ocupen en las relaciones sociales que se ponen en marcha y de los modelos discursivos que se utilicen para dar sentido a la acción.
Por ultimo, y aun cuando existen, tradiciones culturales y desarrollos históricos que aplican ciertos límites a los procesos de acción, siempre es viable que dentro de esos márgenes se provoquen rompimientos e innovaciones que amplíen o disminuyan los límites dentro de los cuales las relaciones de género se desenvuelven.

[1] Lamas, M. (1986), “La antropología feminista y la categoría genero”, en Ludka de Gortari (coord.), Estudios sobre la mujer: problemas teóricos, Nueva Antropología, Nº 30, Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología / Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa.
[2] V. Maquieira (2001). "Género, diferencia y desigualdad", en E. Beltrán, V. Maquieira, S. Álvarez y C.
Sánchez. Feminismos. Debates teóricos contemporáneos. Madrid: Alianza. Págs. 127-190. Pág. 159.
[3] Saúl Gutiérrez Lozano (2006) “Género y masculinidad: relaciones y prácticas culturales”, Revista de Ciencias Sociales (Cr), año/vol. I-II, número 111-112, Universidad de Costa Rica, San José, Costa Rica. pp. 155-175.
[4] Badinter, 57; W. Cromie, "Making Sense Out of Sex Ratios", Harvard Gazette, 23 junio 1993, 10.
[5] A. Moir y D. Jessel, (1992) Brain Sex: The Real Difference Between Men and Women, Carol, Secaucus, NJ, pp. 36.
[6] Narbona, J. (1989)"Lateralización funcional cerebral: Neurobiología y clínica en la infancia", Revista de Medicina de la Universidad de Navarra, España, pp. 33-34.
[7] Hyde, S. J. (1996) “Where are the Gender Differences? Where are the Gender Similarities?” In: Sex, Power, Conflict. Eds.: Buss, D.M. & Malamuth, N.M., New York: Oxford.
[8] Gil-Verona (2002), “Diferencias sexuales en el sistema nervioso humano - Una revisión desde el punto de vista psiconeurobiológico”, Revista Internacional de Psicología Clínica y de la Salud, Vol. 3, Nº 2, pp. 351-361. Valladolid (España)
[9] Fisher, H. (1999). The fisrt sex. Nueva York: Random House.
[10] S. Murillo (2000). Relaciones de poder entre hombres y mujeres. Los efectos del aprendizaje de rol en
los conflictos y en la violencia de género. Madrid. Federación de Mujeres Progresistas. Pág. 14.
[11] Bourdieu, P. (1991) El sentido práctico. México. Taurus.
[12] Fernández, C. P. (1994) La Psicología colectiva un fin de siglo más tarde. México: Anthropos-Colegio de Michoacán.
[13] Lara, A. Ma. (1996) “Masculinidad y feminidad”. En: Antología de la sexualidad humana. Vol. I. México, Distrito Federal. Consejo Nacional de Población.
[14] Cazés, D. (1996) “La dimensión social del género: posibilidades de la vida para mujeres y hombres en el patriarcado”. En: Antología de la sexualidad humana. Vol. I. Consejo Nacional de Población. México, DF.
[15] Connell, R. W. (1995) Masculinities. USA. University of California Press.
[16] Gergen, M. (2001) Feminist Reconstructions in Psychology. USA: SAGE-Publications.
[17] Edley, N. & Wetherell, M. (1995) Men in Perspective. London. Prentice Hall.
[18] Potter, J. (1996) La representación de la realidad. Barcelona: Paidós.
[19] Gergen, J. K. (1996) Realidades y relaciones. España. Piadós.
[20] Lamas, Martha -compiladora-. El género. La construcción cultural de la diferencia sexual. Programa Universitario de Estudios de Género (PUEG),Editorial Porrúa,2000.México, D.F.
[21] Bohan, S. J. (1997) “Regarding Gender. Essentialism, Constructionism, and Feminist Psychology”. En: Toward a New Psychology of Gender. Eds.: Gergen Mary y Sara N. Davis. New York: Routledge.
[22] Edley, N. (2001) “Analyzing Masculinity: Interpretative Repertoires, Ideological Dilemmas and Subject Positions”. In: Discourse as Data. Eds.: Margaret Wetherell, Stephanie Taylor & Simeon Yates. London: Sage-The Open University.
[23] Bohan, S. J. (1997) “Regarding Gender. Essentialism, Constructionism, and Feminist Psychology”. En: Toward a New Psychology of Gender. Eds.: Gergen Mary y Sara N. Davis. New York: Routledge.
[24] Wetherell, M. (1997) “Linguistic Repertoires and Literary Criticism: New Directions for a Social Psychology of Gender”. In: Toward a New Psychology of Gender. Ed.: Gergen, M. y Davis, S. New York: Routledge.

lunes, 19 de enero de 2009

Postmodernidad y el Yo Saturado.

Desde que la humanidad superara su minoría de edad, al empezar servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro (Kant. 1964), en tiempos de la Ilustración hasta la fecha, se han producido muchas transformaciones en un periodo bastante breve. Emergieron fuertes ideas y tendencias, las que comenzaron a dirigir el rumbo de la civilización, desde la fe en la razón, la explosiva industrialización, el auge de la ciencia, la sociedad de consumo y la explosión de las tecnologías de la información, por nombrar algunas. Han derivado de una Modernidad a una Postmodernidad, que tendría como característica en palabras de Lyotard “la incredulidad con respecto a los metarrelatos" (Lyotard. 1992).
Las ciencias sociales, como observadores y actores relevantes en el seguimiento de estos cambios, han elaborado una serie de críticas, orientaciones y sensaciones en relación a la sociedad y sus bifurcaciones.
Desde el mundo intelectual, uno de los puntos de origen, de lo que actualmente denominamos postmodernidad, esta en el giro lingüístico.

Según Rafael Echeverría, este proceso ha sido llamado así, pues el lenguaje pareciera haber tomado el lugar de privilegio que, por siglos, ocupara la razón (Echeverría 1994: 27). Este cambio de importancia en el papel de lenguaje se inicia con Nietzsche, continúa con Wittgenstein, sigue con Austin y luego con Searle.
De este modo, desde la muerte del fundacionalismo y la representatividad del lenguaje; donde la palabra no designa la verdad del mundo, sino que la palabra genera el mundo, lo que abre el camino a múltiples realidades que pueden ser interpretadas y construidas de la realidad.
Gergen, plantea que en la actualidad, en un mundo en que coexisten infinitas realidades paralelas y entrecruzadas, se están modificando la forma en que concebíamos la existencia, y a nosotros mismo.
Para ser más preciso, el autor describe tres etapas históricas, que se corresponden con un formato del Yo.

El yo romántico

Este, se refiere a los valores que predominan en los siglos XVIII y XIX, caracterizada por una exacerbación de la vivencia interior, del amor, de la pasión, la religión, la moral y el misticismo.
Para el romántico, el dominio más trascendental del funcionar humano, distinguido como “interioridad oculta” (Gergen K. 1992: 42), que estaba más allá del alcance inmediato de la conciencia. Aquí se habían de localizar las facultades esenciales de la pasión, la inspiración, la creatividad, el genio y, como algunos creían, la locura.
En el centro de esa interioridad oculta estaba el alma o el espíritu humano, relacionado por un lado con la fe (por consecuencia tocado por un elemento divino), y por el otro enraizado en la naturaleza (por consiguiente manifestando la fuerza instintiva). Lo que es más importante, en el seno de esa interioridad oculta se habrían de encontrar los valores inherentes o los sentimientos morales: orientación para una vida loable, inspiración para las obras virtuosas, recursos para resistir la tentación y fundamentos naturalizados para las formulaciones filosóficas y religiosas del bien.
Tal como lo expresara elogiosamente Shelley, “la esencia, la vitalidad de las acciones, deriva su colorido de aquello a lo que en absoluto se contribuye desde una fuente externa. Las propensiones benevolentes son... inherentes al espíritu humano. Estamos impelidos a buscar la felicidad de los demás” (Mcelderry .1967: 79).
“Es un vocabulario de la pasión, de la finalidad, de la profundidad y de la importancia del individuo (…) genera admiración respetuosa de los héroes, los genios y las obras inspiradas. Sitúa al amor en el proscenio de los empeños humanos y alaba a quienes renuncian a lo “útil” y lo “funcional” en aras de sus semejantes”. (Gergen. 1992: 50)

Sigmund Freud y la transición.

Dentro de los grandes desafíos que se plantean en el ámbito sociológico, está el planteamiento freudiano (siglo XIX-XX) que explica cómo el comportamiento que nos parece extraño e irracional (dentro del contexto romántico, podríamos hablar de lo misterioso, o de lo no-tangible que nos mueve) es explicable, a través de la ciencia. La misma ciencia que vendría a ser el supuesto y base del iluminismo y de lo que sería la modernidad.
El llamado Padre del Psicoanálisis postula que toda acción es comprensible si se logra entender que "gran parte de la mente del individuo opera a un nivel inconsciente" (Wallerstein. 1999: 25), y dando a las pasiones obscuras, formas modernas como el cuasi-biológico termino de impulsos libidinales. (Gergen 1992:50)
La racionalidad formal, postulada por Max Weber y reafirmada por Emile Durkheim, ambos sociólogos, contemporáneos de Freud e hijos del iluminismo, tiene su primera ruptura frente a esta premisa: el opuesto, desaparece, pues lo irracional (ese mundo de los sueños o el comportamiento inconsciente) es sensato, desde el individuo que lo vive.
La relevancia no reside en el hecho de que haya o no, discutido la esencia de la racionalidad que ya empezaba a vivir, desde lo irracional y -supuestamente- no-explicable. Lo que importa es que empezó a equipararlos, a interpretar uno en función del otro. Fue Sigmund Freud quien, a través de la metapsicología y el psicoanálisis, comenzó a introducirnos en un mundo que se regiría a partir de la modernidad y el raciocinio.

El yo moderno

A medida que la cultura occidental entra en el siglo XX, la concepción romántica del ser moral fue perdiendo su ascendencia sobre la imaginación intelectual. No sólo resultaba difícil reconciliar el enfoque romántico del interior profundo con el darwinismo, el cientificismo y la envergadura de la conciencia social, sino que la concepción romántica de sentimientos morales universales o fundamentales también demostró ser poco convincente.
Desde cierta óptica, el tiro de gracia para la ética romántica se reservó para bien adentrado el siglo XX. De los diversos movimientos que afirmaban la probidad trascendental en asuntos de bien humano o superioridad moral, dos de los más francos fueron el comunismo y el nazismo (Gergen 1996: 88).
El Yo Moderno, da un giro desde el corazón hacia la razón, el ser humano posee, ahora, una fe ante la racionalidad, el progreso y la ciencia, como el horizonte al que se debe orientar y la clave de la sobreviviencia, que asemeja el hombre a las máquinas.
“La racionalidad, la observación, el progreso y los elementos esenciales- leitmotiv todos ellos del modernismo eran afines a la imagen, cada vez más prevalerte y potente, de la máquina”. (Gergen 1992:60)

El yo postmoderno

En la actualidad, llegamos, a un momento histórico en el que las dos visiones han confluido, algunos se atreven a decir que se anulan, otros que se transforman y mantienen. Al parecer, es el eclecticismo quien reina, por lo tanto ambas visiones del yo entran a jugar dentro de una producción a partir de la utilidad y pertinencia, que cada sujeto juzgue que tengan.
De este origen dicotómico, emerge este postmoderno, “yo saturado”, un personaje que se ve envuelto en situaciones insospechadas para los idealistas románticos y para los confiados modernos.
Así, se nos describen tres procesos envolventes y agobiantes: su saturación, su colonización y su multifrenia.
La Saturación del Yo, se refiere al efecto psicosocial que tiene el progreso tecnológico en la vida actual. El yo se ve inmerso en una multiplicidad de relaciones, que otorgan infinitas posibilidades de comunicación, en situaciones que trascienden el espacio/tiempo.
“Por obra de las tecnologías de este siglo, aumentan continuamente la cantidad y variedad de las relaciones que entablamos, la frecuencia potencial de nuestros contactos humanos, la intensidad expresada en dichas relaciones y su duración. Y cuando este aumento se torna extremo, llegamos a un estado de saturación social”. (Gergen. 1992: 92)
La multiplicación de las relaciones personales produce una saturación social, un “yo saturado”.
Desde el ferrocarril, servicios postales, automóviles, radio, cine y libros (tecnología de bajo nivel) hasta rumbos aéreos, computadores, Internet y la digitalización de todos los medios de comunicación importantes (alto nivel).
Van transformando el tejido social, de manera, que se multiplican las relaciones, la persona se ve sujeta a nuevas formas de vida, donde emergen nuevas claves de relación y se intensifican, emocionalmente, los intercambios. El tiempo es acelerado y el espacio está superpoblado.
Esta cuestión ya fue señalada por los teóricos del rol, en especial por Goffman (1959), quien llegó a considerar el yo como un producto de los roles desempeñados, sin que suponga ninguna instancia que recoja el poso global y estable que pueden dejar los diversos personajes representados y estando la coherencia necesaria limitada al marco concreto de cada interacción.
Estos comportamientos podrían ser hasta incompatibles entre sí, lo que dificultaría la posibilidad de que el individuo construyera un relato de sí mínimamente coherente.
La Colonización del Yo, refiere al fenómeno en que el yo, está impregnado de voces interiores y de dilemas por las diversas soluciones que se presentan a los problemas. El yo está en la constante incerteza de si tomó la decisión correcta. Todo va tan rápido, que la persona debe estar atenta, si no alerta, de que en cada momento va a ser atacada por esta ola de voces que le signan que hacer y que no.
“A medida que la saturación social va instigando la colonización del ser propio, cada impulso tendiente a conformar la identidad es sometido a un cuestionamiento creciente: el público interior lo encuentra absurdo, superficial, limitado o deficiente.” (Gergen 1992: 106)
Estas influencias ambientales, tienen un correlato fenomenológico en cada persona. Gergen refiere al término multifrenia, como una escisión del Yo ante la multiplicidad ilimitada que vivencia.
“Término que designa la escisión del individuo en una multiplicidad de investiduras de su yo. Este estado es resultado de la colonización del yo y de los afanes de éste por sacar partido de las posibilidades que le ofrecen las tecnologías de la relación”. (Gergen 1992: 106)
En la forma actual del Yo Saturado, aún cohabitan los resabios del Romanticismo y del Modernismo. Se encuentra ante la disyuntiva de la primacía del corazón, de la razón o de la saturación.

La identidad personal en la postmodernidad.

Como se ha visto, en la actualidad diferentes autores que han cuestionado la posibilidad de una identidad personal en la época actual, la disolución de la misma se relacionaría, por un lado, con problemas para conseguir una coherencia y unidad en las diferentes facetas de la persona y, por otro, con problemas para mantener la continuidad del sujeto.
Así, una de las características de la vida social actual es la multiplicación de las posibilidades de ser, ya que nuestra sociedad de la información pone a nuestra disposición el conocimiento de formas de vida muy diferentes a las que podríamos conocer de modo directo en nuestra interacción cotidiana.
Esta información es adaptativa en la medida en que la propia vida social nos exige cada vez más actuar en situaciones muy diferenciadas entre sí, fruto de la fragmentación de la realidad, en relaciones con cada vez mayor número de personas.
Esto puede dar lugar para Gergen a una “personalidad pastiche”, a un camaleón social que toma prestados retazos de identidad y los adecua a una situación determinada, sin ninguna sensación de culpabilidad por la violación de una supuesta esencia a la que haya de ser fiel. Como consecuencia, el yo se puede convertir en una serie de manifestaciones relacionales que ocuparían el lugar del yo individual.
Sin embargo, existe una diferencia importante entre celebrar la disolución de la identidad en la complejidad de la vida social y demandar unas identidades complejas, abiertas, pero identidades al fin y al cabo. Así, Haraway no pretende la disolución de la identidad como liberación de la dominación ejercida sobre la mujer, sino la renuncia a los mitos de origen, alienantes por definición, y la constitución de las mujeres como “cyborgs” que rescriben su vida. (Haraway.1991)
Otro aspecto a considerar, se relaciona con la dificultad de mantener una continuidad en la propia identidad en tiempos de cambio acelerado.
Las relaciones personales, se dice, tienen cada vez una menor duración, al estar sometidas a tensiones derivadas de la primacía de la individualidad. Igualmente, los vínculos familiares en muchos casos se están complejizando, fruto de las separaciones y los nuevos emparejamientos, así como de las dependencias de múltiples parejas.
La identidad laboral sufre por la inestabilidad en el puesto de trabajo y los consiguientes cambios en el empleo y en las trayectorias laborales. Familia y trabajo han sido las principales fuentes de esa ficción de estabilidad en la identidad que hemos descrito más arriba. Su desestabilización trastorna profundamente el sentido de identidad de los sujetos, en la medida en que dificulta el mantenimiento de una autonarración que sostenga la unidad del sujeto y de sus experiencias a lo largo del tiempo.
En este sentido, Sennett analiza la cada vez mayor falta de relaciones humanas sostenidas. Como consecuencia, desaparece el compromiso, los propósitos sostenidos, incluso el hecho de tener que dar cuenta de uno mismo, todo lo cual conduciria a la “corrosión del carácter”. (Sennett. 1998)
Si tenemos en cuenta que la identidad, desde la tradición interaccionista simbólica, se constituye en buena medida desde los otros no cabe duda de que esto supone un cuestionamiento importante de la posibilidad de continuidad (Shotter, 1989).

Reflexión final

De lo que no cabe duda es que la crítica a la noción de sujeto que se ha realizado desde todas estas instancias nos tiene que llevar a una concepción de la identidad personal no esencialista, sino más bien como construcciones discursivas autorreferidas y situadas en un contexto de interacción social, pues la identidad se construye necesariamente desde los otros, en y para las demandas que presentan las diferentes interacciones en las que estamos inmersos.
Por eso, la identidad personal está sujeta a transformaciones, matizaciones, etc., que no cuestionan el autorreconocimiento del sujeto, en la medida en que éste pueda establecer su derecho a mantener tal tipo de identidad en función de las convenciones sociales.
Pero, además de los problemas que presenta, cabe también preguntarse si esta disolución de la identidad tendría alguna consecuencia positiva para los seres humanos o para la vida social.


1. Immanuel Kant (1964) ¿Qué es Ilustración? en Filosofía de la Historia, Ed. Nova. Buenos Aires. Argentina.
2. Lyotard, Jean F. (1992). La condición posmoderna", Editorial Planeta-Agostini, Barcelona, España.
3. Echeverría, Rafael (1994), Ontología del Lenguaje, Dolmen, Santiago, Chile. Pág. 27.
4. Gergen, Kenneth J. (1992) “El Yo Saturado. Dilemas de Identidad en el Mundo Contemporáneo”. Editorial Paidós. Barcelona, España. Pp 42.
5. Mcelderry, Bruce R. (1967) Shelley's Critical Prose, Lincoln, University of Nebraska Press.
6. Sigmund Freud, citado por: Wallerstein, Inmanuel (1999), “El legado de la sociología, la promesa de la ciencia social”. Editorial Nueva Sociedad. Caracas. Venezuela. pp.25
7. Gergen, Kenneth J. (1996), “Realidades y Relaciones: Aproximaciones a la Construcción Social”, Paidos Ibérica, S.A., Ediciones. pp.88.
8. Goffman, E. (1959). The presentation of self in everyday life. Garden City: doubleday Anchor Books.
9. Haraway, D.J. (1991). Simians, cyborgs and women. New York: Routledge.
10. Sennett, R. (1998). The corrosion of character: the personal consequences of work in the new capitalism. New York: W.W. Norton.
11. Shotter, J. (1989). El papel de lo imaginario en la construcción de la vida social. En T. Ibáñez (Ed.), El conocimiento de la realidad social (pp. 135-155). Barcelona: Sendai.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Acerca del concepto de problema social.

Si nos situamos en una postura crítica con la mirada representacionista de la realidad y con el conocimiento científico como herramienta de 'descubrimiento' de lo real, el socioconstruccionismo tendría bastante que aportar, ya que entre sus premisas rechaza que el conocimiento sea una percepción directa de la realidad.

Tal como señala Kennet Gergen "Los términos y las formas por medio de las que conseguimos la comprensión del mundo y de nosotros mismos son artefactos sociales, productos de intercambios situados histórica y culturalmente y que se dan entre personas”.[1]

Según este enfoque, el significado es visto como algo que procede de intercambios microsociales alojados en el seno de extensas pautas de vida cultural.

Esta corriente afirma que no hay modo en que la realidad pueda ser apreciada objetivamente. Plantea, a la inversa, que nuestras concepciones son primordialmente elaboradas socialmente, por medio del lenguaje, en intercambios comunicativos con otros. A decir de Tomas Ibáñez, “la realidad existe porque la hemos construido como tal, de manera colectiva, a través de un largo proceso histórico e íntimamente relacionado con nuestras características humanas”.[2]

Por lo tanto, el conocimiento científico es criticado por erigirse como conocimiento correcto y diáfano de la realidad y no mostrarse conforme a su “carácter construido, histórico, contingente y normalizador”.[3]

Los “problemas sociales” desde una perspectiva socioconstruccionista aparecerían entonces como un producto de procesos de enunciación colectiva, que se construyen como objetos por medio de prácticas y discursos en un marco socio histórico y cultural que da cabida a cierto tipo de construcciones y no otras. En este sentido “el conocimiento es intrínsecamente provisional, puesto que ninguna forma sociocultural es invariante”.[4]

Michael Foucault, realizo investigaciones exhaustivas acerca de cómo instituciones como las cárceles logran disponer una sucesión de discursos y prácticas, infundidas en entramados de relaciones de poder, que se manifiestan convenientes para cierto orden social.

La prisión además de privar de la libertad al “delincuente”, emerge como manera de cuantificar el castigo, proporcionalmente al grado de malestar que haya causado, por otra parte, justifica su existencia al tener una función benéfica, en términos de supuestamente actuar en la "transformación" del individuo, su corrección y re-educación.

Según este autor, estas características sustentan la legitimidad y vigencia de estas instituciones, ya que tienen coherencia lógica con los mecanismos que operan fuera del aparato judicial, y que se han definido como útiles para realizar operaciones relativas el comportamiento de los individuos en las relaciones de saber – poder; se trata pues, de "formar en torno a ellos todo un aparato de observación, de registro y de notaciones, construir sobre ellos un saber que se acumula y se centraliza".[5]

En esta lógica, explica cómo las disciplinas "psi" (esto es, psicología, psiquiatría, psicoterapia...) han sido decisivas en la comprensión contemporánea sobre el ser humano dado las narrativas y el vocabulario que desarrollan.
Así pues, Foucault utiliza la perspectiva histórica para socavar las justificaciones del orden actual de las cosas, rastrea los comienzos históricos de nuestros valores frente a la naturalización de su origen.

Por ejemplo al desarrollar la historia del discurso psiquiátrico sobre la locura, señala”...Si se toma un saber como la psiquiatría, ¿no será mucho más fácil resolver la cuestión, en la medida en que el perfil epistemológico de la psiquiatría es bajo y que la práctica psiquiátrica está ligada a toda una serie de instituciones, exigencias económicas inmediatas y urgencias políticas de regulación social? ¿Acaso en el caso de una ciencia tan dudosa como la psiquiatría no se puede captar de un modo mucho más cierto el encabalgamiento de los efectos de poder y saber?”.[6]

Su intención, para desvelar las relaciones entre poder y saber, es mostrar cómo el saber psiquiátrico se genera a posteriori para respaldar y escudar una práctica de dominación previa.

En base a lo planteado anteriormente, es posible apreciar como una serie de conocimientos disciplinarios, socialmente validados, emergen como actividades que tienen la función de proveer a la sociedad de un grupo de personas entrenadas y con credenciales, que son definidas como poseedoras de una competencia para la administración de personas, de relaciones interpersonales y la capacidad de manejo racional y sistemático de recursos en la vida social.

Si recurrimos al ejemplo de un “problema social” concreto, como el consumo de drogas, podemos apreciar que, a pesar de sus orígenes morales e ideológicos, la prohibición de cierto tipo de substancias ha intentado encontrar sustento en la ciencia y la medicina, utilizando su prestigio social y de su vinculación con la autoridad para así tener una base de apoyo sólida que mitigue estos componentes.

Según Thomas Szasz “el llamado problema de la droga, o drogadicción, o farmacodependencia, o abuso de drogas fue una creación del siglo XX con la promulgación de las primeras leyes antidrogas, y la inclusión del uso de ciertas drogas en la lista oficial de trastornos mentales de la Asociación Psiquiátrica Americana”.[7]

A nivel mundial, las políticas de prohibición han realzado a la categoría de dogma un planteamiento que resulta discutible, según el cual es las drogas son malas en si.
Tal premisa para algunos es incuestionable y a partir de ella se genera todo un aparato discursivo que la sostiene. La ciencia entonces, tiene que ser el pilar básico que sostiene el andamiaje prohibicionista desde una autoridad, la científica, incontestable para el resto de la sociedad.

Según Alessandro Baratta, para realizar esto, se ha realizado una generalización de hechos de baja incidencia que son presentados como si del general del consumo de las drogas se tratara, especialmente aquellos que tienen relación con el crimen, la dependencia y el alienamiento o marginación social de algunos consumidores”.[8]

De esta manera, y en una operación discursiva de la mayor trascendencia, se logra asociar a todo usuario de drogas con un adicto. Es decir, no se reconoce o se invisibiliza al usuario no problemático, ocasional o recreativo. Siguiendo con esta lógica reduccionista, todo uso de una sustancia ilegal es malo, conducta desviada, un atentado contra el individuo que lo efectúa al tiempo que contra la sociedad.

En términos más generales, se puede visualizar que las formas de construcción propias de la retórica científica producen objetos, sujetos, prácticas y subjetividades que, por ser avalados por las redes de poder donde opera la institución académica, son difíciles de cuestionar.

Asimismo, el conocimiento que se produce en este ámbito sirve para delimitar, describir, observar, medir, en fin, construir los problemas sociales, proceso que va paralelo a la profesionalización de la intervención social, por medio de técnicas avaladas en los desarrollos científicos, y que se utiliza para incidir en estos problemas.

Por otro lado, una de las consecuencias de la imposición de retóricas de verdad propias de la actividad científica es la construcción de identidades y de colectivos definidos como desviados. De esta manera se conforman situaciones y colectivos (como, delincuentes, locos, drogadictos, etc.) como problemáticos en el marco de unas relaciones sociales permeadas por el binomio de poder y saber.

Así, la intervención en el ámbito del Estado moderno ayuda a su estabilidad, ya que este tipo de intervención social tiene efectos de control de desviaciones y de conducción de las resistencias sociales, cumpliendo con el encargo social del “Estado Terapéutico”, sucesor del “Estado Teológico”.[9]

Siguiendo los estudios teóricos de Michael Foucault, el filósofo Gilles Deleuze afirma que las sociedades contemporáneas ya no son regidas exclusivamente por las disciplinas, sino que hemos ingresado en una “etapa de control continuo, en donde las comunicaciones instantáneas cumplen un rol preponderante”.[10]

Así habría perdido importancia la vigilancia constante que se da en instituciones como la familia, la escuela, el cuartel, la fábrica, ocasionalmente el hospital, y eventualmente la prisión, que son características de la sociedad disciplinaria.

Uno de los rasgos de este tipo de sociedad que aun persiste, es el rol asignado a las disciplinas científicas, que Foucault describe como de “jueces de normalidad”, en este sentido la principal contribución del socioconstruccionismo esta en develar la pretensión de objetividad de posturas paradigmáticas que justifican, y son utilizadas para imponer una supuesta “normativa universal”, sometiendo a ella el cuerpo, los gestos, los comportamientos, las conductas, las actitudes, las prestaciones”.[11]

[1] Gergen, Kenneth. (1994) “Realidades y Relaciones: Aproximaciones a la Construcción Social”. Barcelona: Paidós (1996).
[2] Ibáñez, Tomas. (1994). “Psicología Social Construccionista”. México: Universidad de Guadalajara.
[3] Ibáñez, Tomas. (1991) “Social Psychology and the Rhetoric of Truth. Theory and psychology”, Vol.(2) (187 – 201).
[4] Ibáñez, Tomas. (1992) “La Construcción del Conocimiento desde una Perspectiva Socioconstruccionista” - Ponencia Presentada el Congreso Iberoamericano de Psicología. Madrid.
[5] Foucault, Michael. (1975) “Vigilar y Castigar - Nacimiento de la prisión”. Madrid: Siglo XXI Editores. (6ta Edición en España, 1988).
[6] Foucault, Michael. (1992). “Verdad y Poder en Microfísica del poder", La Piqueta, Madrid 1992.
[7] Szasz, Thomas. (1961). “El Mito de la Enfermedad Mental”, 2nd Edition. New York: Harper & Row.
[8] Baratta, Alessandro. (1991) “Introducción a una Sociología de la Droga. En ¿Legalizar las drogas? Criterios Técnicos para el Debate”, 49-55.Ed. Popular, Madrid,
[9] Szasz, Thomas, (1992) “El Segundo Pecado - Reflexiones de un Iconoclasta”, Editorial Alcor, Barcelona. pp. 153.
[10] Deleuze, Gilles. (1995), “Conversaciones. 1972-1990 – Post Scriptum sobre las Sociedades de Control”, Éditions de Minuit, París.
[11] Foucault, Michael. (1975) “Vigilar y Castigar. Nacimiento de la Prisión”, Op. Cit. Nº 5.

jueves, 11 de diciembre de 2008

LOS PELIGROS DE LA OBEDIENCIA

Hasta los años 60, la psicología social se basó fundamentalmente en experimentos para entender la forma de funcionamiento de las personas en un entorno social, era casi impensable que no fuese de este modo. Hoy esta forma de investigar está bastante cuestionada, el positivismo, la contrastación empírica, son conceptos que para algunos tienen una carga valórica negativa.

Más allá de estos cuestionamientos, durante esta época autores como Salomón Asch, Muzafer Sherif y Stanley Milgram, dejaron una importante marca en la disciplina, y realizaron notables hallazgos en su búsqueda por entender el comportamiento de los seres humanos en su dimensión social.

Esta disciplina científica sostiene que existen fenómenos supraindividuales. Uno de sus precursores, Gustave Le Bon planteo la existencia de lo que denomino “la masa psicológica”, esta seria “un ser provisional compuesto de elementos heterogéneos, soldados por un instante, exactamente como las células de un cuerpo vivo forman por su reunión un nuevo ser, que muestra caracteres muy diferentes de los que cada una de tales células posee[1]”.

Este fenómeno seria tan poderoso que, “no es solamente por sus acciones que un individuo en una masa se diferencia esencialmente de si mismo, sino que incluso antes de perder completamente su independencia, sus ideas y sus sentimientos ha sufrido una transformación; y esta transformación es tan profunda que es capaz de cambiar al avaro en un despilfarrador, a un escéptico en un creyente, a la persona honesta en un criminal, y al cobarde en un héroe[2]”.

Para Freud, el mecanismo que operaba era distinto, el sostenía que las pulsiones individuales se sumarían creando o un lazo social, de modo que “el individuo que entra a formar parte de una multitud se sitúa en condiciones que le permiten suprimir las represiones de sus tendencias inconscientes, los caracteres aparentemente nuevos que entonces manifiesta son preci­samente exteriorizaciones de lo inconsciente individual[3].

Ahora bien, no es necesario hacer una revisión muy exhaustiva a la historia del siglo XX, para encontrar varios regímenes políticos que claramente atentaron contra los más esenciales derechos, y aún así contaron con el apoyo de la mayor parte de la sociedad.

Para intentar comprender algunos de los factores que incidieron en esto, es que este ensayo, se centrara esencialmente en reflexionar sobre lo ocurrido en Alemania durante el periodo del nacionalsocialismo.

Basta realizar una breve revisión del periodo, para verificar el grado de alienación colectiva, política o social de individuos que hicieron auténticas atrocidades, perdiendo todo referente racional para acatar los planteamientos de la ideología y las consignas de conducta decretadas por el líder, por irracionales que fuesen.

Si excluimos la dimensión grupal o social del ser humano, no nos quedaría otra opción que pensar que los alemanes de esa época, eran personas malvadas o afectadas de una patología como puede ser el trastorno antisocial, por ejemplo, que presenta un patrón de desprecio y violación de los derechos de los demás en grado superlativo.

Pero según múltiples autores, esto no era así, más aun, estas personas, en su generalidad, que eran padres y madres de familias, tal como hacemos actualmente, atendían lo señalado por quienes eran sus referentes, ya sean estos, hombres de ciencia, intelectuales, políticos, artistas, etc.
Hannah Arendt, señala que “no hay diferencia ontológica entre los perpetradores y nosotros, también hombres corrientes y superfluos, con nuestros “valores” y “virtudes”. Se trata de personas “obedientes” que cumplían con la ley y que se limitaron a cumplir órdenes[4].

Tenemos un ejemplo en Adolf Eichmann que fue procesado por los crímenes contra la humanidad realizados bajo el gobierno nazi, un padre de familia tradicional, que en toda ocasión que se le cuestionaba por las causas de su proceder, él alegaba: “Cumplía órdenes”, el explico que al ver a la plana mayor del régimen nazi, discutir los pormenores de la solución final al problema judío, señala que sintió “algo parecido a lo que debió sentir Poncio Pilatos, ya que me sentí libre de toda culpa[5]."

Rudolph Hess, otro importante colaborador del régimen nazi afirmó ante un tribunal internacional: “No estoy loco, mi cabeza funciona. Quiero subrayar el hecho de que reconozco mi plena responsabilidad por cuanto he hecho o firmado como signatario o cosignatario”, también asevero que era un patriota al servicio de su país y no se sentía arrepentido de “haber servido al hombre más importante que había nacido en tierras alemanas en los últimos mil años[6]”.

Hannah Arendt, refiriéndose a Eichmann, habló de la “banalidad del mal”. Así, expone Rüdiger Safranski[7], la autora pretendió especificar aquella forma comercial, burocrática con que personajes de extraordinaria normalidad mantuvieron en movimiento el aparato de aniquilación. El modelo industrial-burocrático de una empresa de asesinar y el “mandato superior”, dieron el contexto para que este ciudadano corriente mantuviese una su conciencia tranquila.

Esto explica Enzo Traverso[8] al profundizar en los escritos de Kafka como una metáfora, del proceso de exterminio de los judíos en Europa. Kafka sostiene, al igual que Max Weber, que el poder es una especie de jaula de hierro[9] que aprisiona a los individuos como en un laberinto[10].

Safrinski no está conforme con el término “banal” que emplea Arendt para referirse a estos mandatos superiores. Sobre este asunto, Enzo Traverzo sostiene que conforme la línea de pensamiento de Arendt, aceptar la banalidad del mal no implica trivializar la gravedad de estos crimenes[11].

Todo lo opuesto, eso lo hacía aún más monstruoso, ya que había sido efectuado por personas “normales”, ni crueles, ni sádicas, ni enfermas. Lo banal no era el genocidio, sino la naturaleza de los que lo ejecutaron. Esta banalidad tenía relacion con la ausencia, de algún grado de cuestionamiento por parte de estas personas, al cometer uno de los crímenes más espeluznantes de la historia de la humanidad.

¿Por qué somos capaces de estas conductas? ¿Qué habilidades debemos manejar para actuar como entes racionales y no como androides al servicio de intereses supuestamente superiores?
Esto nos conduce de forma evidente a las investigaciones de Milgram, y el llamado estado de agente[12], en el concepto de que el individuo es un agente ejecutivo de una autoridad que él razona como legitimada. Así, cuando un sujeto es parte integrante de una estructura jerárquica establecida, le es posible traspasar completamente el compromiso y/o responsabilidad de sus actuaciones en quienes se ubican en una jerarquía superior de poder.

También es necesario considerar que la estructura social suele generar una adscripción a la norma muy potente en las sociedades occidentales, la de la subordinación a la autoridad legítima. ¿Cómo son catalogados quiénes rechazan los planteamientos de la “autoridad” , ya sea esta científica, institucional, política, etc.?

Dado esto, para generar acatamiento, la autoridad debe estar legitimada. En el caso de Alemania, la potestad de Hitler fue legitimada por el pueblo alemán ajustándose a la legalidad de la época.
Así este simple cabo de ejército, con su capacidad demagógica, y en un contexto idóneo, consiguió convencer a un pueblo - que inmerso en la pobreza y la frustración que género el tratado de Versalles - de que era la mejor opción para el futuro.

Aunque esta, eventualmente podría ser una respuesta justificatoria de esa “sumisión ciega”, igualmente corresponde considerar la norma social instituida de “no hacer daños a otros”, la que en el experimento de Milgram, genero mucha ansiedad en los sujetos.
Así, esto hace que cuando la víctima se ubica cara a su verdugo, éste se vea reflejado en ella y su “obediencia a la autoridad” se vea reducida, permitiendo que este se haga más consciente de sus actos, acrecentando su sentido de “responsabilidad social”.

En tiempos del nazismo, prevaleció la sujeción a la autoridad por sobre de la responsabilidad social, se suplanto la responsabilidad moral por la “responsabilidad técnica”[13] en un ambiente en el que la identidad individual se vio degradada a favor de la identidad grupal, se estigmatizo lo diverso y se valorizo la homogeneidad.

Se articulo un sistema de tal forma, que una serie de funcionarios estuvo a cargo de una tarea distinta en el sistema de la aniquilación: insertar a los condenados en las cámaras - activar en funcionamiento del gas venenoso - transportar de los cadáveres a los hornos crematorios. De esta forma, el que cada uno tenga una función muy específica contribuye a la disolución de la responsabilidad, sin mayores cuestionamientos sobre la finalidad de sus acciones individuales.
Para Adorno y Horkheimer, el campo de exterminio de Auschwitz, es la cúspide de la ilustración, concebida como instrumentalización de la razón, justamente porque consiste en la organización racional, científica, de la muerte.[14]

Estos sucesos hacen que se forjen nuevos símbolos críticos de la modernidad occidental, nos revelan su carácter paradójico, de modo que razón y ciencia no evitan barbaries de tal magnitud, presentándonos sus límites.

Para Bauman, este suceso solo se hizo posible en nuestros tiempos, porque fue gestado en esta sociedad y cultura, no en otras. Absolutamente planificado, organizado, impersonalizado, burocratizado y tecnologizado. [15]

En definitiva, por medio del uso de todas las nuevas tecnologías que teóricamente, la humanidad crea para conquistar una mayor prosperidad.

[1] Le Bon, Gustave, “Psicología de la Multitudes”, Editorial Albatros, Buenos Aires, Argentina. (1952)
[2] Le Bon, Gustave, “Psicología de las Masas - Estudio sobre la Psicología de las Multitudes”, Editorial Morata. Madrid. España (1981).
[3] Freud, Sigmund. Psicología de las Masas y Análisis del Yo, Y otras obras. Tomo XVIII. Amorrortu Editores. Buenos Aires. Argentina. (1985)
[4] Hannah Arendt, “Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal”, Ed. Lumen, 2ª edición, traducción de Carlos Ribalta, Barcelona, España. (1999).
[5] Hannah Arendt, Op. Cit. Nº4.
[6] Hess, Rudolph, Declaraciones ante El Tribunal Militar Internacional de Nuremberg (1945-1946)
[7] Safranski, Rüdiger. “El mal o el drama de la libertad”. Barcelona, Ed. Tusquets. (2000). Pág. 242.
[8] Traverzo, Enzo. “La historia desgarrada”. Barcelona Ed. Herder.(2001). Pág. 37.
[9] Weber, Max, “El Político y el Científico” Alianza editorial, Madrid, España. (1969).
[10] Según Cousiño, Carlos “Hay una semejanza importante entre Weber y el libro más conocido de Kafka, La metamorfosis”, para el “es evidente que esa imagen pies arriba, atrapado por esa caparazón, es la imagen weberiana de “la jaula de hierro”, de ese hombre que está absolutamente desesperado porque no puede deshacerse de una caparazón que no es de él, y con la cual se despertó.”
* Citado de la Revista Nº 78 del Centro de Estudios Públicos (CEP – Chile) – 1998.
[11] Traverzo, Enzo. “La Historia Desgarrada”, Op. Cit. Nº 8. Pág. 105.
[12] Milgram, Stanley “Obediencia a la autoridad. Un punto de vista experimental”, Editorial Desclee de Brouwer S. A., Bilbao. España. (1973),
[13] Bauman Zigmunt , “Modernidad y Holocausto”. Maos Print, España. (1997)
[14] Horkheimer; M. Y Adorno, T. W. “Dialéctica del Iluminismo”, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, Argentina (1960)
[15] Bauman Zigmunt , “Modernidad y Holocausto”. Op. Cit. Nº 13.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Reflexiones sobre las implicancias de los planteamientos de Bateson y Maturana para el quehacer del Trabajo Social.

En términos generales, me parece que, cualquier actividad profesional, no debe perder de vista los debates acerca de nuevas perspectivas para abordar las realidades individuales y sociales, que son generadas desde las ciencias naturales y/o sociales.

Para un profesional del trabajo social, resulta muy interesante apreciar como desde disciplinas aparentemente distantes, en este desde caso la Biología Ontológica de Maturana y la Epistemología Cibernética de Bateson, podrían ayudar a proveer finalmente de un fundamento para las ciencias sociales.

Según Paul F. Dell, “tanto Maturana, como Bateson, concuerdan en la imposibilidad de información objetiva”[1], esto implica la posibilidad de considerar una visión distinta al pensamiento científico, cuya función tradicionalmente ha sido discriminar, medir, comparar, cuantificar, analizar y observar de tal manera que el profesional observa la realidad y lo que sucede en ella independiente de él, el observador mira el mundo desde afuera y no da cuenta de que está en él, intenta describir el objeto independiente de él, sus estructuras, sus propiedades, y modos de comportamiento etc.

Esta visión resulta discutible desde la perspectiva de la Cibernética de Segundo Orden, que desarrolla una teoría del observador que reconoce los sistemas como Autopoiéticos, es decir que se producen a sí mismos y a su entorno en su relación con los otros haciéndoles, desde esta perspectiva responsables de sí mismos y su entorno; en este sentido, éste es parte del proceso cuando suceden los acontecimientos.

En este contexto observar es lo que “hacemos cuando distinguimos en el lenguaje los diferentes tipos de entidades que producimos como objetos de nuestras descripciones, explicaciones y reflexiones, en el curso de nuestra participación en las diferentes conversaciones en las que nos vemos envueltos en la vida cotidiana, sin tener en cuenta el ámbito operacional en el que éstas tienen lugar[2]

Si consideramos este marco conceptual, no seria factible, que un profesional, por ejemplo, de trabajo social se plantee desde una perspectiva independiente de sus propias percepciones y vivencias, que aparezca considerando que la “objetividad” está dada por el manejo de la “información” sobre el objeto, donde el saber lo da el conocimiento.

Desde esta lógica, correspondería al trabajador social concebir su rol como el de un dinamizador de procesos individuales, grupales o comunitarios formando parte del sistema relacional y del contexto mismo, en el entendido que todo hace parte de un sistema que se constituye de diversos elementos, todos los cuáles se intervienen entre sí y componen un sistema complejo que da lugar a la forma de vida de un sistema o subsistema específico.

Dado que todas las realidades que ponemos de manifiesto son legitimas, los humanos, como seres que vivimos en el lenguaje, no en un universo, sino en un multi-verso, haciendo alusión a la idea de múltiples versiones, donde la verdad no es ni objetiva, ni unitaria, por el contrario, es múltiple.

Según Maturana el lenguaje no esta localizado en el cerebro, más bien este se origina y existe como una elaboración concreta de nuestro acoplamiento estructural con nuestro medio, en otro de sus escritos señala que “lo que vivimos lo traemos a la mano y configuramos en el conversar, y es en el conversar donde somos humanos[3]”, es así como la cultura y la historia se reproducen en nuestro presente. Nuestra única forma de existir en el mundo es estando inmersos en los diálogos/conversaciones que lo instauran como una práctica social habitual o cotidiana.

Es así como desde esta perspectiva, el lenguaje surge como elemento constitutivo de la realidad y como una manifestación histórica, el lenguaje está a la base de los procesos humanos por tanto: “la cultura es una red cerrada de conversaciones que constituye y define una manera de convivir humano como una red de coordinaciones de emociones y a acciones que se realiza como una configuración particular de entrelazamiento del actuar y el emocionar de la gente que vive esa cultura. Como tal una cultura es constitutivamente un sistema conservador cerrado, que genera a sus miembros en la medida en que éstos la realizan a través de su participación en las conversaciones que la constituyen y definen[4]”.

Así, es posible apreciar que, en las teorías comunicacionales el lenguaje asume un carácter medular; pero no concebido como un instrumento descriptivo, sino como práctica articuladora del porvenir con dos dimensiones: la noción de lenguaje como ente productor de realidad, y la concepción de este como la manera en que la historia se hace manifiesta.

Si se consideran los planteamientos antes expuestos y se transportan a una configuración metodológica, los procesos de transformación y cambio cultural se deberían entender como procesos de interacción en el lenguajear y el emocionar, esto es en el conversar, los que se harían concretos en la formación de un sistema relacional (trabajador social – individuos/grupos/comunidades) que persigue incidir en las transformaciones y cambios de la cultura cotidiana en un intercambio particular y diferente en cada contexto.

De esta manera, me parece viable entonces pensar en una practica profesional que establece sistemas relacionales comprometidos con la idea de que el ser humano y la cultura se definen en la interacción con los otros y que es allí donde se modifican significados y se encuentra sentido al pensar y al hacer, y donde se inicia la edificación de lo heterogéneo.

Desde esta perspectiva, los cambios, las transformaciones y las innovaciones culturales se generan en las nuevas configuraciones entre el actuar y el emocionar de los integrantes de una cultura, sobre la base de la concertación y negociación en el diálogo.

Para finalizar, creo que si tenemos entre nuestros referentes este tipo de epistemología, tendremos la capacidad de al menos cuestionarnos sobre los potenciales riesgos de suponer que como profesionales, podemos tener un juicio “objetivo” de la realidad, en la habitual pretensión de lograr establecer una etiqueta conceptual que se acomoda a todo bajo la denominación de diagnóstico, evaluación o verdad científicamente acreditada.

[1] Traducción del artículo original “Understanding Bateson and Maturana: Toward a Biological Foundation for the Social Sciences”. Publicado en Journal of Marital and Family Therapy, 1985, Vol. 11, N° 1, 1-20.
[2] Maturana Humberto, “La ciencia y la vida cotidiana: la ontología de las explicaciones científicas, en El ojo observador”, editorial Gedisa, pg. 158. España 1994.
[3] Maturana, Humberto “El Sentido de lo Humano”. Ediciones Dolmen, pg 23, Santiago de Chile. (1991).
[4] Maturana Humberto y Gerda Verden Zoller. “Amor y juego. Fundamentos Olvidados de lo Humano - Desde el Patriarcado a la Democracia”. Colección Experiencia Humana. pg.22. Santiago de Chile (1993)